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miércoles, octubre 20

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Las tardes y tus ojos fueron quedando en mi piel
de café en café y de parque en parque
e incluso a ratos parecían susurrar
que tenías los bolsillos cargados para mí
de estrellas que nadie más
Podía ver desde la ciudad.
Y aunque nunca fueras puntual
me gustaba cuando aparecías
murmurando una disculpa
o tratando de robarme una sonrisa
con la punta de los dedos
y sin disimular.
Eso era todo, o eso pensaba,
pero al final resultó que te fuiste
clavando así, sin querer casi,
en todos los rincones de mi vida.
Despacio, desordenaste mis horarios,
mis noches, mis trenes, me llenaste
las manos de casualidades,
y acabé olvidando los motivos
que había inventado para resistirme
a tropezar con tu mirada en un silencio
y no saber salir.
Y es tan dulce, y tan extraño,
no haberlo pensando antes, porque
ahora que echaron a volar
todos los pájaros que dormían
en mis hombros y mis pestañas
parece que nunca anidaron aquí
como dejando un lugar que siempre fue tuyo,
como cómplices de tus noches de insomnio.
La lágrima de una sonrisa
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